¿Por qué no lo vamos a superar?
Plantas de poder y política. Parte I
Fermín Valenzuela
Plantas de poder y política. Parte I
Fermín Valenzuela
Entre las
distintas actividades que hubo con la ola de manifestaciones a partir de la
desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, un colectivo de maestros
de la UNAM decidió hacer clases al aire libre. La dinámica básicamente
consistía en que cada maestro tomaba el micrófono durante unos cuantos minutos
y exponía desde el área que mejor manejara, siguiendo cierto eje temático
relacionado con los 43 y la situación del país. En fin, en un momento, antes de
hacer un descanso se hizo la pregunta a los asistentes de por qué no vamos a
superar esto que está pasando, como burdamente planteara el presidente.
La respuesta es
obvia si, a diferencia del presidente, se tiene un poco de empatía. No se puede
pedir que se superen hechos tan graves como si se tratara de una banalidad o un
accidente sin víctimas, como picarle el ojo a alguien.
Sin embargo, en
este texto quiero plantear otra respuesta. No podremos superar ni esta crisis
ni esta política de Estado basada en la violencia, mientras validemos la guerra
contra las drogas por medio de la prohibición de cualquier ser vivo.
A mí parecer, lo
que subyace a la violencia que se vive a lo largo y ancho del territorio
nacional, tiene que ver directa y concretamente con el control de las plantas
(y hongos) de poder. También podríamos decir que está el TLC, la mímesis del
gobierno con el hampa, el narco estado dirigido por el gobierno de EU, y bueno,
el capitalismo mismo, pero concentrémonos en las protagonistas silenciosas y fotosintéticas
de la violencia.
Vayamos por
pasos aquí. Antes de hablar de sustancias tenemos que hablar de seres vivos. Se
puede tratar de plantas, hongos, ¡o incluso ranas! Estos seres vivos de
distintos reinos son los que producen las sustancias que después son
sintetizadas o procesadas. Para hacerlo se utilizan distintos tipos de
químicos, desde ácidos hasta gasolina, haciéndolos pasar por distintas
temperaturas. Por eso no es lo mismo
hablar de la planta de coca que de la cocaína, obtenida de un proceso químico,
o de la amapola y la heroína. Consideremos que tenemos por un lado a seres
vivos y por otro, sustancias derivadas y sintetizadas a partir de ellos.
Ninguna
prohibición sobre cualquier sustancia y/o planta ha logrado la desaparición de
la misma y mucho menos la desaparición de su consumo. A menos de que a lo que
se quiera llegar con la prohibición de ciertas sustancias sea la extinción de
ciertas plantas u hongos (¡o ranas!), en el discurso no hay un fin claro de la
misma ¿Cuándo se va a concluir como exitosa una prohibición entonces? El
proceso económico que se prohíbe simplemente no desaparece. Lo que se logra en
primer lugar es inflar su precio e ilegalizar su mercado, y al volverse ilegal
pero lucrativo, entran las armas para asegurar que el capital fluya. En los
hechos es bastante claro que hay un fin político y económico. La producción de “drogas”, juega un papel muy importante dentro de la
división internacional del trabajo y es de las excusas preferidas desde Nixon,
para justificar apoyo policíaco-militar, o dictar línea a países subyugados por
parte de EU. También hay casos como Afganistán, que se volvió el primer
productor de amapola después de la invasión estadounidense a principios de
siglo, que deberían de hacernos reflexionar sobre el papel que juega EU en este
mercado. Otro dato curioso: Iguala es una capital mundial del cultivo de
Amapola.
Creo que hay
ciertos lugares comunes dentro de la discusión por la legalización de las drogas, que para los familiarizados en
el tema tal vez ya les canse escucharlos, pero para el resto señalaré dos
puntos que vale la pena que mencionar.
Primer lugar
común de la discusión: La palabra droga es engañosa. Proviene del
árabe andalusí hatruka, que quiere decir charlatanería. Hay un sentido peyorativo
implícito en el uso de la palabra droga. En el ámbito legal mexicano se usa
erróneamente la palabra narcótico para referirse a las sustancias que tengan un
efecto que altere la percepción de los sentidos, sin considerar que un
narcótico es una sustancia que adormece el sistema nervioso central. Pensemos
en los alcaloides, por ejemplo. Sustancias
cuyo nombre acaban en ína, como la cocaína, entrarían como narcóticos, y su
efecto más bien estimula el sistema nervioso central. Legalmente no hay
siquiera un vocabulario correcto para designar sustancias. La palabra droga
mete en el mismo saco a hojas, raíces, semillas, alcaloides, alucinógenos, narcóticos, entéogenos,
químicos, sin mayor discusión. Más peligroso que confundir peras y manzanas. Si
pensamos que una droga es una sustancia que produce dependencia física y/o
sicológica, varias sustancias quedarían descartadas de antemano y aun así se
les relaciona con la palabra ¿cuántos grupos de autoayuda existen para adictos
al peyote? Simplemente la palabra confunde. Sin embargo, para no zambullirnos en
los pormenores dela clasificación, tengamos en
mente a lo largo dela lectura tan sólo tres plantas de poder
(llamémoslas así) que a mí parecer, son predominantes en la cuestión que
estamos tratando, ya que también de ellas se derivan una vasta cantidad de
sustancias: la mariguana, la coca, y la amapola.
Segundo lugar
común de la discusión: Si el alcohol –que también se produce a partir de la
fermentación de ingredientes vegetales- es causante directo de muertes y
accidentes pero es legal, y en cambio, es imposible que la marihuana pueda
producir una sobredosis que lleve a la muerte, entonces, no hay un criterio consistente para prohibir o legalizar una sustancia,
sea de origen o no vegetal. ¿Por qué una sustancia es legal y otra no? El
caso ejemplar es la prohibición del alcohol en los años 20, que llevó a que
personajes como Al Capone a enriquecerse con su distribución ilegal, entre
otras cosas. No por nada Obama llamó a Felipe Calderón “un Elliot Ness” en su
cruzada contra las drogas. Obama lo hizo tal vez sin ser consciente de lo
acertado que era la comparación entre dos representantes del gobierno en una
cruzada cuyo resultado principal es la violencia y el lucro ilegal.
Mi tesis es que la influencia de las plantas de poder
no empieza ni acaba en el mundo de la psique, su influencia es igual de fuerte
en el mundo de lo social. Su poder para nada se
limita a la “alteración de los sentidos”. Tienen
una fuerza real en el mundo y ha sido usurpada por el dinero. Su estatus
jurídico concretiza la relación que como sociedad mantenemos con ellas. La
salud de esta relación se refleja en la salud de nuestras propias relaciones.
Los miles de muertos y desaparecidos desde que se declaró la guerra contra las
drogas nos dice algo del estado de esta relación.
¿Por qué no lo
vamos a superar? Porque hay muchas cosas más que no hemos superado, si pensamos
que las drogas son las que están matando a las personas y no las balas. Si
queremos que acabe la guerra contra el pueblo pero no atendemos la
contradicción que encierra el hecho de prohibir plantas, estamos mirando la
punta del iceberg. La prohibición es un mecanismo de control social cuyo elemento más peligroso y efectivo es el consenso en la
sociedad civil. Que la gente señale y criminalice a los usuarios en la calle,
todos los dramas familiares por un toque escondido, y demás situaciones por el
estilo, forman el espiral de la dinámica social que está del otro lado de una
actividad económica que se mueve con balas como parte de una estrategia
geopolítica, cuando se podría tratar tan sólo de plantas medicinales y sus
derivados químicos que, esos sí, generan dependencia. Podría ser un asunto de salud pública y no de seguridad (otro
terreno común en la discusión, no por eso menos válido). Apoyar la prohibición
es aceptar la esquizofrenia discursiva del Estado, señalar como culpables a
plantas por sus propiedades de nuestra mala salud como sociedad.
Si queremos exigir y hacer valer el derecho a la vida que tienen los humanos en general, y en particular de nuestros hermanos desaparecidos en manos del Estado o el narco (para el caso es lo mismo), tenemos que reconocer el derecho a la vida de los seres que les dan poder y les generan dinero a estos. La prohibición es muerte y guerra. Legalicemos.
Si queremos exigir y hacer valer el derecho a la vida que tienen los humanos en general, y en particular de nuestros hermanos desaparecidos en manos del Estado o el narco (para el caso es lo mismo), tenemos que reconocer el derecho a la vida de los seres que les dan poder y les generan dinero a estos. La prohibición es muerte y guerra. Legalicemos.
Al respecto de
la negación al derecho a la vida de otros seres como parte de la crisis que
vivimos quisiera ahondar sobre el tema de las “drogas”, la producción de carne, la comida, y la otredad. Pero eso será en una
nueva entrega.